No sé cómo lo hice, ni de qué manera había llegado allí, porque hacía tan sólo unos segundos que estaba en casa, sentado en el sofá y hablando con Clara; pero ahora me encontraba, sin explicación alguna, en el pasillo amplio de un restaurante. Yo estaba tranquilo. Llevaba mis gafas de sol. De pie, inmóvil, observaba el ir y venir de camareros, con sus bandejas llevadas en alto. Al fondo del pasillo, veo bastantes mesas y mucha gente bien arreglada, que come y charla contenta. Parece domingo y hace un sol espléndido que se deja entrar por las ventanas del lugar.
Empiezo a caminar hacia toda aquella gente. Deben ser los 90, porque esos peinados domados a base de spray, esas blusas con florecillas y las gafas de montura titánica ya las dejé de ver cuando era un crío. Deben ser los 90, sí, pero yo estoy igual que en abril de 2009. Cuando ya estoy en la entrada de ese gran comedor, me percato de que, a mi izquierda, junto a la pared, hay varias mesas colocadas en fila donde se reparte una familia que parece pasárselo bien. Pero hay algo que no me cuadra, así que me acerco a ellos hasta que confirmo mis sospechas: esa familia es la mía.
Al fondo, preside la larga mesa mi abuelo Antonio. "Aún no nos había dejado", pienso, lejos de estar triste. Veo a todos mis tíos, que todavía se reparten esas caricias y miradas enamoradas que hoy, seamos francos, no abundan. Veo a mis padres: él, diría que el máximo exponente de la sala en gafas de montura titánica; ella, sin los cuarentaypico que, quieras o no, ya se dejan notar. Me veo a mí, con cara de póker porque quiero ir al lavabo y mi madre nunca pone punto y final a esa divertidísima conversación que debía tener con una tía lejana, ya en la hora del café y pacharán. Pero por fin me hace caso (a Dani pequeño, no al que observa), me coge de la mano y se alejan por el pasillo. Hay familiares de todas partes, así que debe ser algo importante. Eso sí, faltan muchos primos que todavía están por venir. Cuando ya tengo a todos calados, me incorporo a la mesa aprovechando el hueco que habían dejado mi madre y mi otro yo.
"Bueno, ¿nadie me reconoce?", irrumpo preguntando con sonrisa pícara. De repente, todos enmudecen y se me quedan mirando. Falsa alarma, porque, a los dos segundos, todos vuelven a lo suyo. Pero mi padre y su hermana, habladores de pro, me dan conversación y me preguntan que quién soy. Pero necesito más atención, porque la ocasión lo merece. Así que, desde el lugar, empiezo a nombrar a cada uno de mis parientes y, efectivamente, consigo que se centren. "Vaya, me sé el nombre de todos y, sin embargo, nadie sabe ponerme el mío", digo evitando reírme, dado a lo cómico de la situación. Todos están atónitos. "¡¿Quién carajo será este joven?!", seguro que se preguntarán. Incluso quitándome las gafas de sol, nadie logra identificarme. Normal, ese chiquillo con camisa beis que vuelve del lavabo con su madre, poco se parece al barbado de 1,71 que les está enfriando el café.
La hermana de mi padre insiste en desvelar tan sibilina identidad. Pero me doy cuenta de que, por más pena que me dé, no puedo decir ni media de quién soy. Es como esa sensación que te queda cuando, de tanto que te gusta, quieres contar el argumento de una película a alguien pero no puedes porque aún no la ha visto. Así que tan sólo me limito a sonreír y a disfrutar de tan precioso momento. "Es que es muy curioso. Va, dime de qué nos conoces. Seguro que eres del pueblo, o tus padres, ¿lo son?", me dice incansable mi tía. En ese momento, me gustaría abrazarla, darle un beso y decirle lo guapa y sana que será su hija, pero aún quedan años para que nazca.
Al instante, tan pronto como allí llegué, despierto. Era un sueño, como no podía ser de otro modo. Un segundo antes de despertarme, giré un momento la vista y vi, al otro lado de la mesa, cómo mi cara de póker había desaparecido. Hallé un rostro pensativo, con la mirada fija hacia mí. Un segundo antes de despertarme, mantuve la mirada conmigo mismo, superando cualquier obstáculo espacio-temporal. Tengo la sensación de que él era el único que sabía desvelar mi identidad. Pero yo no me acuerdo.
Empiezo a caminar hacia toda aquella gente. Deben ser los 90, porque esos peinados domados a base de spray, esas blusas con florecillas y las gafas de montura titánica ya las dejé de ver cuando era un crío. Deben ser los 90, sí, pero yo estoy igual que en abril de 2009. Cuando ya estoy en la entrada de ese gran comedor, me percato de que, a mi izquierda, junto a la pared, hay varias mesas colocadas en fila donde se reparte una familia que parece pasárselo bien. Pero hay algo que no me cuadra, así que me acerco a ellos hasta que confirmo mis sospechas: esa familia es la mía.
Al fondo, preside la larga mesa mi abuelo Antonio. "Aún no nos había dejado", pienso, lejos de estar triste. Veo a todos mis tíos, que todavía se reparten esas caricias y miradas enamoradas que hoy, seamos francos, no abundan. Veo a mis padres: él, diría que el máximo exponente de la sala en gafas de montura titánica; ella, sin los cuarentaypico que, quieras o no, ya se dejan notar. Me veo a mí, con cara de póker porque quiero ir al lavabo y mi madre nunca pone punto y final a esa divertidísima conversación que debía tener con una tía lejana, ya en la hora del café y pacharán. Pero por fin me hace caso (a Dani pequeño, no al que observa), me coge de la mano y se alejan por el pasillo. Hay familiares de todas partes, así que debe ser algo importante. Eso sí, faltan muchos primos que todavía están por venir. Cuando ya tengo a todos calados, me incorporo a la mesa aprovechando el hueco que habían dejado mi madre y mi otro yo.
"Bueno, ¿nadie me reconoce?", irrumpo preguntando con sonrisa pícara. De repente, todos enmudecen y se me quedan mirando. Falsa alarma, porque, a los dos segundos, todos vuelven a lo suyo. Pero mi padre y su hermana, habladores de pro, me dan conversación y me preguntan que quién soy. Pero necesito más atención, porque la ocasión lo merece. Así que, desde el lugar, empiezo a nombrar a cada uno de mis parientes y, efectivamente, consigo que se centren. "Vaya, me sé el nombre de todos y, sin embargo, nadie sabe ponerme el mío", digo evitando reírme, dado a lo cómico de la situación. Todos están atónitos. "¡¿Quién carajo será este joven?!", seguro que se preguntarán. Incluso quitándome las gafas de sol, nadie logra identificarme. Normal, ese chiquillo con camisa beis que vuelve del lavabo con su madre, poco se parece al barbado de 1,71 que les está enfriando el café.
La hermana de mi padre insiste en desvelar tan sibilina identidad. Pero me doy cuenta de que, por más pena que me dé, no puedo decir ni media de quién soy. Es como esa sensación que te queda cuando, de tanto que te gusta, quieres contar el argumento de una película a alguien pero no puedes porque aún no la ha visto. Así que tan sólo me limito a sonreír y a disfrutar de tan precioso momento. "Es que es muy curioso. Va, dime de qué nos conoces. Seguro que eres del pueblo, o tus padres, ¿lo son?", me dice incansable mi tía. En ese momento, me gustaría abrazarla, darle un beso y decirle lo guapa y sana que será su hija, pero aún quedan años para que nazca.
Al instante, tan pronto como allí llegué, despierto. Era un sueño, como no podía ser de otro modo. Un segundo antes de despertarme, giré un momento la vista y vi, al otro lado de la mesa, cómo mi cara de póker había desaparecido. Hallé un rostro pensativo, con la mirada fija hacia mí. Un segundo antes de despertarme, mantuve la mirada conmigo mismo, superando cualquier obstáculo espacio-temporal. Tengo la sensación de que él era el único que sabía desvelar mi identidad. Pero yo no me acuerdo.

